jueves, 30 de diciembre de 2010

Barcelona Nord

Barcelona Nord
Julio César Becerra


Me encuentro atrapado en una estación de autobús, que aunque no es tan concurrida como las de la mayoría de las grandes ciudades, aun así, no me permite lograr llegar a tener pensamientos concretos, debido a la curiosidad que me causa ver cada rostro que entra por aquellas grandes puertas de cristal que separan al mundo de los vivos de los que nos encontramos en una pausa, en una espera por llegar a donde sea que queramos continuar viviendo.

Solo se pueden saborear y/o divagar algunas ideas y fantasías antes que esos garabatos se esfumen hacia otra mente, quizá son pensamientos de vana distracción prediseñados, pensamientos light, como las revistas de consultorio los cuales, los arquitectos de la estación optaron por instalar porque ¿quién puede arrancarle las hojas a algo intangible? Y sobre todo ¿a quién podría interesarle guardar en su mente esta clase de pensamientos para poder robarlos? Una revista la pasas bajo el hombro o la escondes en la chaqueta y ya está, no requiere mayor esfuerzo pero mantener una idea en la cabeza que no te interesa en lo absoluto eso, sí que es un desafío. Pinches arquitectos de edificios públicos, con ustedes ¿lo que sea por economizar verdad?, bueno está bien no son pinches, es lo que les enseñan en la escuela solo que no les enseñan a cuestionar esos porqués.

Debí haber comprado ese tiquete con anticipación -me he permitido llamarle “tiquete” al boleto de autobús porque así le llaman aquí los españoletes, aunque aquí no les puedes llamar españoles puesto que se enfadan de sobremanera ya que ellos son catalanes; como consejo: no vale la pena entrar en detalles sobre geografía política con algún españolete de Barcelona… eh, digo con ningún Catalán- de haberlo previsto no estaría ahora en esta situación. Que me dejan estas horas? Estos ratos de espera son los momentos que no vivirán en nuestra memoria mas allá de cómo un dato estadístico de respuestas a la charla obligada de cuando uno se encuentra de vuelta “y que tal estuvo el viaje?” “cuantas horas te hiciste?” “tuviste que esperar mucho?”Preguntas a las que solo debes responder con un: bien, no tantas y no si no deseas recordar este letargo, además de que sabes son las respuestas que se espera des.

La única razón por la que estos momentos podrían sobrevivir en la memoria es cuando desearíamos olvidarlos, pero se han quedado impregnados de por vida, marcándonos debido a lo nefastos que pudieron ser. Seguramente no podré olvidar cuando me volví parte del mobiliario en el aeropuerto de la ciudad de México, viviendo en ese infértil ambiente, en otro limbo mucho mas enajenante que este; aunque debo confesar que no la pase tan mal y me nació una fascinación por ayudar, dar información y orientar a quien lo necesitará, no sabía que tenía ese lado pero supongo fue un escape a contemplar mi propia condición de desamparo.

Así es como recuerdo y he vivido las esperas cuando se está solo, ahora, si la situación se da en compañía de un ser querido -al contrario de las líneas de arriba- esas interminables horas de letargo y aburrimiento se convierten en valiosos y fugaces instantes que hay que aprovechar al máximo mientras ese ser querido también desearía que los minutos no fueran tan tacaños con nosotros, pensando como con otras posibilidades, esos minutos podrían ocuparse para entregarse mutuamente, expresando esa pasión antes contenida en ansiedad y desasosiego y en una explosión de caricias hasta que el último llamado de salida del transporte lo permita.

Debería haber pequeños camarotes en las estaciones para estos servicios y ya de paso, para descanso también porque vaya que puede ser cansado viajar en una “lata” por largos periodos; “latas”, me pregunto si será este de esos autobuses como los del norte de México donde te dan un pequeño refrigerio acompañado de una lata de soda? No lo sé, espero que si porque la comida aquí es carísima. Creo que ahora has de notar a lo que me refería con aquello de que no se pueden concretar pensamientos en una estación de espera, solo se van hilando esbozos de lo que pudieran ser pensamientos concretos a otros por sutiles cadenas que llegan a perder sentido.

Tras una hora de intentar escribir algunas líneas sobre la impresión que me ha dejado este viaje, las cuales de momento no han parecido sino el texto barato de cualquier folleto de oficina turística he decidido rendirme al intento de concretar algo y entregarme al contemplativo/vegetativo acto de observar los transeúntes de este limbo. Han llamado mi atención los intentos de los más osados por descifrar el aparentemente ininteligible multicargador de celulares con sus muchos colores, llaves, botones y cajones que se ven tan coquetos y brillantes pero nada más porque nadie ha logrado obtener carga para la batería de su móvil.

Me agrada ver como todos se detienen ante el mostrador de salidas y llegadas por al menos unos instantes, aunque ni siquiera lean la hora de su salida o ya sepan bien a que hora y el andén, todos lo observan cual si fuera un santo por el que no se puede pasar sin santiguarse, hice unas apuestas conmigo mismo a ver quienes no se detenían pero pronto le perdí interés. Unos pakís (si, también aquí aplica la de “así les dicen…”) sentados en las bancas a mi espalda hablan afectivamente en lo que me pereció ser bereber hasta que comencé a escribir esto y me di cuenta de la garrafal incongruencia de mi aseveración, me avergoncé de ello y ahora no me siento cómodo siguiendo hablando de ellos y solo añadiré que son una comunidad con una fuerte presencia en estas tierras pero al mismo tiempo parecen ser netamente endógamos y algo herméticos, a pesar de que en su ambiente laboral deben relacionarse con españoles y otros extranjeros.

Ya han pasado unas horas, aunque aquí no importa, afuera ya ha penetrado la pesada noche la cual ha ahogado la mayoría de los ruidos de autos y transeúntes, parece que aquí se ha llevado la mayoría de los que esperamos en esta sala puesto que solo quedan en el fondo unos Africanos demasiado alejados para mis cegatos ojos y torpe oído y un hombre barbado y de edad ya algo avanzada que ha llamado mi atención porque se ha aventurado a sentarse en un cómodo sillón masajeador de paga pero convirtiéndolo a menos adjetivos. Por ser el único objeto viviente –ya que la señora que atiende la mini cafetería con bocatas prácticamente no se ha movido y yace inerte y con la mirada al infinito y ahora pienso que quizá es un maniquí o un robot dispensador- concentro toda mi atención en él osado quijote. Reconocer que mientras él se encuentra cómodamente sentado y sin pagar más, mis posaderas sufren el incomodo y frio metal de esta banca, irremediablemente me hace pensar en Bourdieu y su estructura estructurante, en la que el orden mundo me ha dicho que no me puedo sentar ahí si no voy a pagar a pesar de que no habría quien me lo impidiera y lo peor que podría pasar es que alguien me dijera que me levantase de ese sillón, son barreras invisibles que al final nos mantienen enajenados, me da un poco de desesperación saberme tan “dominado” y que a pesar de que aún quedan otros dos cómodos sillones masajeadores de paga disponibles junto al ocupado, se que no me moveré a ocupar alguno; menos ahora que sería imitar al quijote y por ende una interacción obligada, la cual no pretendo iniciar desde la posición de imitador.

Ha pasado otro rato y mi estado vegetativo-letárgico se ve interrumpido por una manada de pasajeros que arribaron a la estación y como ya llegaron, son libres de volver a vivir, lamentablemente son demasiado “pasajeros” como para poder prestarles atención y distraerme por al menos otro rato. Considero cabe aclarar que a estas alturas y por si te lo has preguntado, no, no traje ningún libro ya que los regale por el exceso de peso y falta de dimensiones en la maleta y creí que no pasaría tanto tiempo aquí, además la batería de mi reproductor de música tiene horas que ha muerto; así que no me queda de otra. Mis ojos deambulan por la sala hasta que un rostro más se nos une a la espera, es el de otra señora de edad avanzada que ha dejado sus maletas junto al otro cómodo sillón masajeador de paga, ahora se ha volteado al mostrador de refrigerios atendido por la “cara dura” robot dispensador o maniquí, la cual tras despacharle a la señora lo que parece ser un insulso café sin expresar seña alguna de personalidad o sentimientos ha corroborado mis sospechas de se trataba de un robot dispensador.

Ahora el letargo se ha vuelto emoción ante la posibilidad de presenciar que pudieran llegar a convertirse en compañeros inseparables de sus últimos años, congeniar o al menos hablarse por todos los factores a su favor. Crece la emoción al momento en que observo que el hombre barbado y de edad volteó a donde la señora y se acomoda sutil y rápidamente lo mas que puede el cabello hacia atrás, procurando que dulcinea no lo note, por mi parte me es imposible aguantar las ganas de expresar una pequeña sonrisa de complicidad que a él le ha pasado totalmente desapercibida.

Este el momento de la verdad, la señora aún no se ha sentado pero no puede tardarse más puesto que ya cumplió con el ritual de santiguarse ante el mostrador de salidas, observa tentadoramente el otro cómodo sillón masajeador de paga, que para este momento me alegro no haber tomado yo ya que hubiera dificultado este necesario encuentro de almas otoñales, mientras en él se nota su deseo de hacerle alguna señal de invitación, pero se contiene. Estoy seguro que si ella se sienta a su lado, les será inevitable hablarse -hace unos minutos que saque mi cuaderno y lapicero para disimular que mi exaltación es debido a ellos- finalmente su compañera en potencia, dulcinea, se decide por un lugar y: Carajo! Se ha sentado en mi banca, fue tacaña para tomar el cómodo sillón masajeador de paga y le faltó osadía para tomarlo con menos adjetivos. Y yo que hasta había pensado ponerles Beatriz y Dante; faltaba más, si hasta tendrían un buen tópico para comenzar a hablarse sin que fuera la “pelusa vacía” de siempre. Podrían haber comenzado por alguna referencia a la comodidad del sillón o simplemente a la espera, cuando se está esperando hay miles de cosas de las que se puede hablar, bueno no, quizá solo cientos.

Pero no todo está perdido, aún puede salvarse el encuentro puesto que él no deja de expresar miradas que denotan su interés en decirle algo a Dulcinea y solo somos tres “platicables” en la sala contándola a ella y voy a aparentar estar muy metido en mi cuaderno para favorecer la situación, la señora tiene la apariencia de ser de las que se ponen nerviosas de estar consigo mismas y cede a la tentación de hablar con cualquier extraño para evadir sus pensamientos, quizá sea una viuda o divorciada. Ella tiene buen gusto al vestir, no es ostentosa pero tampoco descuidada, sabe que a su edad debe vestirse apropiadamente y ello le favorece a su esbelta figura, porta un cardigán negro al igual que la falda, blusa pastel y una vistosa mascada que termina por darle vida al conjunto, me parece viaja seguido pues sabe los botones no son apropiados para largas estadías sentada. Su pretendiente compensa su apenas mediana estatura con la porción exacta de personalidad, abundante y cano cabello peinado hacia atrás, algo largo, afortunadamente no lo suficiente para hacerse una coleta, vaqueros que parecen estar de estreno, oscura remera de cuello alto y una chaqueta tipo aviador de cuero café, esto rematado con unos cómodos mocasines que le hacen juego a la chaqueta; su rostro refleja las impresiones de alguien que ha vivido, que las salas de espera solo las ha encontrado entre paredes como estas, solo en los límites físicos, no como tanto que esperan que les llegue la vida hasta que los alcanza la muerte. Esta última línea me ha hecho divagar unos minutos más hasta que al analizarlo nuevamente me atrevo a compararme con él y el más profuso resultado de este peligroso ejercicio se reduce a mi lamentación de que a mis veintidós años tengo entradas más grandes que las suyas y que a este paso, a su edad, ni siquiera recordare lo que era tener cabello, aunque quien sabe, nadie es calvo en la familia pero todos los varones tenemos, tendremos entradas tan grandes como puerta de Iglesia. Al menos soy delgado y los genes sugieren que lo seguiré siendo, delgado, boina y barba eres un sujeto interesante, quizá intelectual, un beatnick en el peor de los casos ; gordo boina y barba y lo mas que puedes aspirar es a un simpático Kevin Smith. Por suerte ya tengo un hoyo que arreglar And stops my mind from wandering gracias a la pareja otoñal en potencia (siempre he despreciado ese adjetivo para la gente de edad avanzada).

Todo sigue en calma desde el Limbo, la mujer hojea su agenda, el hombre deambula con la mirada una y otra vez a través de la sala, súbitamente llega el momento por el cual todos los presentes rogábamos; alguien rompe el silencio, sorpresivamente es Dulcinea quien lo hace, pero dirigiéndose a mi persona, me sonríe y me habla en Catalán, no es tan diferente del español, es casi como una mezcla entre italiano y castellano con un sutil toque de francés pero por mi letargo me es casi incomprensible, entonces con señas me indica que necesita un lapicero, estoy algo lerdo en contestarle pero noto que el cano caballero esta casi a punto de levantarse de su silla para decirle algo, no le puedo observar mucho por la emoción de que estoy interactuando o al menos casi con alguien, le he brindado mi lapicero, ella lo agradece, hace unas breves anotaciones en el tiempo que quisiera gritarle al hombre que le hable, que es obvio su deseo de hacerlo, que se nota que el si habla catalán, pero titubea porque la distancia entre el cómodo sillón masajeador de paga pero con menos adjetivos es demasiada como para hablar sin levantarse y el hacerlo podría ser interpretado como un acto invasivo, entonces la mujer me regresa el lapicero, agradece y vuelve la hermeticidad a la sala. Todo esto sucede en menos de dos intensos minutos.

Soñaba con ser un gánster de los años veintes con toda la usanza que ello merece hasta el momento que el sutil movimiento que provocó Dulcinea,-la compañera en potencia de mi alguna vez osado protagonista- al levantarse de su asiento me ha despertado, el hombre de edad, le ha seguido con la mirada mientras ella se retiraba, no hay mas, no paso nada; mugrosa historia posmoderna. Veo mi reloj, ha pasado una hora y treinta y cinco minutos desde la última vez que lo consulte, ellos eran los únicos despiertos en la sala y no se dirigieron la palabra, mi autobús partió hace quince minutos. Balbuceo algunas calumnias y culmino con culpar a los ancianos antes de ir de nuevo a la taquilla, “pinches españoletes apáticos, si se hubieran hablado ya estaría yo en camino a seguir viviendo”.